La palabra del día es esbarizaculos

Si algo hay en esta vida con lo que sienta un agradable placer intelectual es con las palabras. Como voraz lector me encantan los ladrillos con los que se edifican los libros. Como historiador me gusta valorar el significado de los términos y su variación con el paso del tiempo. Como persona disfruto de los recuerdos que me evocan palabras concretas.

Tengo una extraña y secreta costumbre que consiste en atesorar palabras. En ocasiones me encapricho de una por alguno de los motivos que mencionaba antes, o por varios de ellos, y la hago entrar en mi colección privada. Entre ellas hay aragonesismos, arcaísmos, labores del campo, tecnicismos, palabras que no son de uso común. Términos que van cayendo en el olvido y trato de salvar del mismo para mi propio disfrute. Sin embargo ahora voy a compartirlas, aunque lo hago también con el deseo de acrecentar la colección con las vuestras. Para empezar esta exposición pública de mi museo he tenido claro que la elegida tenía que ser mi favorita. Y aquí la tienen.

Esbarizaculos: Deslizadero artificial en declive por el que las personas, sentadas o tendidas, se dejan resbalar por diversión.

Esbarizaculos en Torralba de los Frailes. Fuente: Google Street View.

Para un aragonés como yo esta es una palabra que hace regresar a la infancia. Además es rotunda y clara, ya que en sí misma describe la funcionalidad de un tobogán: resbalar con el culo. Tiene la procacidad necesaria para que a cualquier niño le entusiasme usarla, unido al hecho de que resulta tan común en mi tierra que nadie te hará callar. Aparece tan inocente como el juego infantil que representa.

También nos permite diferenciarnos de otros castellanoparlantes, mostrar con orgullo nuestra identidad, a la vez que llamar la atención sobre ella por su originalidad.

Cuando esta palabra acude a mi mente viene acompañada de recuerdos y de otras palabras: pantalones cortos, risas, amistad, roto en el pantalón, alguna cuquera, buen tiempo… todas ellas muy agradables.

Versión Musical de Jeff Wayne de La Guerra de los Mundos

Muchos libros son adaptados a otros medios para su difusión pública: cine, televisión, radio… unos con más fortuna que otros.

La Guerra de los Mundos de Jeff WayneHace ya 20 años que conocí una de las adaptaciones más curiosas por su peculiar formato. Se trata de La Guerra de los Mundos de Jeff Wayne , una adaptación musical de la obra de H. G. Wells , sobrecogedora para aquel niño de 9 años, y todavía para el adulto de 37.

La novela nos relata la invasión de la Tierra por parte de los marcianos. Ambientada en el final del siglo XIX asistimos junto a un periodista al descubrimiento de unas explosiones en Marte que serán seguidas más tarde por el impacto de unos meteoros en la campiña inglesa. De esos cráteres surgirán unas terribles criaturas que masacrarán a la población civil y exterminarán a las tropas que tratan de defenderla. El periodista tratará de regresar junto a su mujer y será testigo de las acciones de los marcianos y de la desaparición de los humanos. Finalmente cuando todo parece abocado a la derrota humana los marcianos perecen ante unas criaturas inferiores: las bacterias.

La guerra de los mundos de H.G. WellsCon esta obra Wells crea la primera historia de invasión extraterrestre de nuestro planeta. Se trata de una más de sus obras maestras de la ciencia ficción: La máquina del tiempo, El hombre invisible, La isla del doctor Moreau… Y como sucede en toda su obra no debemos interpretarla sólo como una lectura de evasión: Wells siempre da a sus escritos un valor de crítica hacia sus contemporáneos.

La obra es muy conocida ya sea por lectura directa o a través de otros medios. Pero lo que no es tan conocido es este peculiar disco de rock sinfónico interpretado por voces maravillosas y narrado por Richard Burton.

Resulta curioso que, a pesar de que la historia ha sido condensada en dos LPs, no perdemos ni un ápice de la misma. Las canciones nos permiten conocer a los personajes de la novela y sus diferentes visiones de la invasión marciana. Las piezas instrumentales, con las acotaciones narrativas de Burton, llevan todo el peso de la acción de la historia y logran que entremos de lleno en ella. Mediante el uso de diferentes “leit motiv” avanzamos con nuestro narrador y en ningún momento nos encontramos fuera de la misma. Sabemos cuándo se lucha, cuándo la derrota se abate sobre los terrícolas, y, sobre todo, sabemos cuándo los marcianos están cerca por su continuado grito de “Ulloo”.

Este disco, grabado en estudio, disfrutó de un gran éxito en el mercado anglosajón, y lo ha mantenido a lo largo de los años, de manera que se ha reeditado y han surgido dos discos de remezclas. Finalmente, con motivo de su 25 aniversario ha sido llevado a los escenarios.

Aunque se trate de un disco bastante desconocido en nuestro país, contó en su momento con una adaptación al español con un joven Luis Varela como el artillero y la impresionante voz de Teófilo Martínez como narrador. La edición latinoamericana fue realizada por Anthony Quinn.

Junto al disco se incluían una serie de ilustraciones impactantes que aumentaban la cercanía con la historia. Mi favorita era la utilizada como portada, en la que aparecía la lucha entre uno de los marcianos y un buque de guerra, el Thunder Child.

Siempre me ha gustado la fidelidad a la historia; esa narración en la que los grandes símbolos enarbolados por la imperial Inglaterra victoriana (la idea del progreso, la religión, el ejercito, la armada…) eran vencidos por un enemigo más poderoso, que finalmente caía ante un enemigo más pequeño.

Una fidelidad mantenida a lo largo del disco excepto en el Epílogo con el que se unía a esa Inglaterra decimonónica con nuestra realidad, y en el que todavía permanece en mí aquel niño de 9 años con los pelos de punta al oír exclamar al controlador de la NASA: “Can anybody hear me?”

¿Que harías tú en un ataque preventivo de la URSS?

La semana pasada pasaron ante mí dos lecturas que refrescaron en mi memoria diversos recuerdos. Una era la noticia del renovado acuerdo de reducción de armamento nuclear que han firmado Estados Unidos y Rusia. La otra era una noticia de hace 32 años, recuperada en Finding Dulcinea, en la que se relataba como el entonces presidente estadounidense Carter había paralizado el desarrollo de un nuevo tipo de arma nuclear: la bomba de neutrones.

Quienes nacimos en los años 70 sufrimos en nuestra infancia los últimos coletazos de la Guerra Fría, el enfrentamiento mundial entre los dos bloques en el que nuestro país sacó la bolita de estar de telón de acero hacia aquí, en lugar de estar de telón de acero hacia allí.

En la primera mitad de los 80 se revivieron las tensiones entre las superpotencias, que dieron lugar a que se hablara de bombas nucleares, guerras de baja intensidad, guerra de las galaxias, ataques preventivos, misiles balísticos, Pershing II, SS-20

Está claro que en España no se llegó al nivel de paranoia existente en los EEUU, pero en aquellos días el “miedo a la bomba” era un tema frecuente que nos calaba a todos sin hacer distinciones. La idea de que cada ciudad tenía su cabeza nuclear enemiga asignada era general y llegó a convertirse en un elemento cultural más, de manera que no es de extrañar que triunfara la tonadilla que da nombre a  este post.

Recuerdo que en aquellos tiempos tuvo gran difusión una historia ilustrada que se llamaba “Cuando el viento sopla” de Raymond Brigss. En ella asistíamos al final de una inocente pareja de ancianos en una Inglaterra recién bombardeada con cabezas nucleares. Los niños recibíamos así nuestra dosis de realidad sobre el tema. Tal fue el éxito de la historia que hubo una adaptación cinematográfica.

En las películas la “bomba” también aparecía una y otra vez. Las filas se formaban ante los cines para comprobar de manera detallada o bien el triste destino que nos aguardaba tras el lanzamiento de los misiles, como se demostraba en “El día después“, o el salvajismo renacido entre aquellos pocos afortunados que no hubieran dispuesto de una cabeza nuclear para desaparecer de la faz de la Tierra, como nos relataba “Mad Max“. Que no llegáramos a la confrontación nuclear no implicaba salvarse, ya que la invasión soviética sería cruel y terrible, así lo atestiguaban Patrick Swayze (en “Amanecer rojo“) y Kris Kristofferson (en “Amerika“).

La llegada del gobernador de California, antiguo actor de Hollywood, a la presidencia de los EEUU (no, no estoy hablando de Arnold, sino de Ronald Reagan) marcó este recrudecimiento de la Guerra Fría, aunque no fue el único de los factores que lo alimentó. De su mano llegaron todos los instrumentos de destrucción masiva mencionados antes. La carrera de las bombas atómicas para lograr una mayor capacidad destructiva tenía su reflejo en la prensa, más megatones por cabeza nuclear y más cabezas nucleares por misil, y alcanzó su cénit con la bomba de neutrones: el arma que eliminaba a los seres vivos y respetaba los edificios. Siempre recordaré un terrible reportaje en el Heraldo de Aragón en el que se descubrían los efectos de una detonada en la plaza de San Francisco y extendiendo diferentes maneras de morir en círculos concéntricos desde ella.

Afortunadamente todo esto no nos impidió crecer y disfrutar de nuestra infancia. Además se abrieron claros entre las nubes de la tormenta nuclear gracias a los acuerdos entre ambas potencias. Hoy en día ya no tenemos ese miedo a la destrucción total sobre nuestras cabezas, aunque los problemas por las armas atómicas sigan presentes.

Post Scriptum: No puedo evitar hacer referencia a un curioso recopilatorio musical que conocí hace un tiempo: ATOMIC PLATTERS: Cold War Music from the Golden Age of Homeland Security. Se trata de una extensa colección de canciones estadounidenses creadas a la luz de la Guerra Fría y que muestran una mezcla de trivialización y adoctrinamiento al respecto que, vista desde nuestros días, nos hace esbozar una sonrisa.

30 años disfrutando de Les Luthiers

Días atrás asistí a una función del espectáculo de Les Luthiers “Los premios Mastropiero”. Durante la sesión disfruté como loco con sus canciones, sus chistes, su música… y aplaudí con entusiasmo en varios momentos, especialmente al finalizar, como tributo y agradecimiento por el buen rato pasado.

Al volver a casa caí en la cuenta de que hace ya 30 años que conozco a Les Luthiers. Y debo reconocer que caí en sus redes y me convertí en un fan incondicional.

Aquel niño de 7 años miraba con curiosidad a sus hermanos mayores, que noche tras noche grababan cada una de las piezas de los argentinos emitidas por Coralí, la locutora del Canal 2 de Radio Zaragoza. Todas ellas se guardaban en una cinta de casete negra y marrón.

Durante mucho tiempo aquella cinta fue un tesoro para mi. La escuchaba a menudo con profundo interés, prestando atención para tratar de adivinar qué ocurría en los momentos en los que no había narración y lo único que se oían eran las risas del público. Tanto se escuchó aquella cinta que la pobre acabó pasando a mejor vida. De vez en cuanto rememoraba algunas de sus historias, olvidando poco a poco los detalles, pero recordando lo esencial. La historia que más volvía a mi memoria era la “serenata mariachi”.

Recuperé mi contacto con la obra de Les Luthiers unos años más tarde de mano de uno de mis profesores. Se trataba de un argentino que nos prestó a varios compañeros copias de los primeros discos del grupo. En aquella época de walkman esos discos se pasearon a menudo por Zaragoza conmigo. Además cobraron una nueva perspectiva ya que nuestro profesor había asistido a sus espectáculos y pude enterarme de lo que sucedía en aquellos tramos de silencio del grupo y risas del público.

Fue en aquella época cuando Les Luthiers acudió por primera vez a Zaragoza. Me dispuse a comprar mi entrada en el Teatro Principal y descubrí que yo no era el único seguidor del grupo: una enorme fila daba la vuelta completa al edificio. Desgraciadamente no conseguí entradas.

De la era de las cintas de casete pasamos a la del CD. Sus discos fueron reeditados y poco a poco fueron engrosando mi colección, ¡y a qué precio!

Hace ya 6 años que conseguí cumplir mi deseo de verles en vivo. La noche de reyes me trajo como regalo asistir a su espectáculo “Todo por que rías” y fue una experiencia intensa y divertida. Tenía claro que estaban mayores, que algunos habían perdido voz con la edad, que en ocasiones sus números repetían esquemas, pero todo eso quedaba eclipsado con una única realidad: estaban allí, en persona, se habían materializado y actuaban delante de mis ojos. Ahora yo era una de esas personas del público cuyas risas quedaron atrapadas en la cinta marrón y negra, ¡y de qué manera reí aquella noche!

Entre este espectáculo y el de la semana pasada he ido consiguiendo copias de sus espectáculos. Al verlos he recordado a aquel niño que trataba de imaginar que sucedía, y he disfrutado con unos artistas en smoking que eran capaces de recrear diversas y diferentes historias. Unos genios que aúnan la música y la descripción de la misma dándole una vuelta,o dos, llegando al paroxismo de la fórmula en el “Vals del segundo”.

De nuevo me entusiasmé al verles en directo en esta ocasión. Pero sobre todo me extasié como un niño cuando apareció en escenario su nuevo instrumento musical: el alambique encantador. Tan emocionante es verlos a ellos como tener tan cerca a sus instrumentos. ¡Daban ganas de pedirle un autógrafo al Bass-pipe a vara!

Les Luthiers son cinco personas y una presencia. Son historias inocentes pero con mucho fondo. Son pasión por la música como manera de comunicar a las personas. Son la muestra de que para hacer música no hay que comprar caros instrumentos, basta con imaginación y ganas de usar los elementos caseros más peregrinos.

A continuación y, fuera de programa…




Mi cajita de corcho

Si hay un objeto por el que puedan identificarme todos aquellos que me conocen en persona es por una pequeña cajita de corcho que lleva años acompañándome y que guarda en su interior algo que necesito a diario y que ha marcado mi vida.

En esta caja me acompañaban cada día mi insulina y sus jeringas.

Desde que debuté con 12 años tuve claro que la diabetes no me limitaría, que no representaría un impedimento en mi vida. Con esta pequeña caja tuve la oportunidad de llevar conmigo aquello que necesitaba desde esas navidades.

Tuve la suerte de encontrar a personas que también eran diabéticas y que compartieron conmigo sus experiencias, demostrándome que aquella nueva situación no implicaba un freno sino la puerta a nuevas experiencias.

Mi caja me ha acompañado a clase, de viaje, en mis diferentes trabajos. Ha llamado la atención de muchas personas con las que me he relacionado. Los hay que han llegado a pensar que era un dominó (“Lo tuyo por el dominó es vicio,chaval”). En muchos casos me ha permitido iniciar una conversación sobre lo que es (y lo que no es) la diabetes, aprovechando la eterna curiosidad que todos tenemos.

Debo reconocer que con esa caja he realizado un continuado acto de exhibicionismo, lo que en la época en la que trabajé como educador en diabetes denominábamos “activismo diabético”. En aquellos tiempos esta enfermedad se veía como algo a ocultar, lo que se reforzaba con la condición de no tener ningún tipo de señal externa de padecerla. Para los miembros de nuestro equipo de trabajo inyectarnos nuestra insulina de manera pública y visible no dejaba de ser una reivindicación. Cuando alguien nos decía que por qué no lo hacíamos en un baño o en otro lugar recogido la contestación era clara: “¿Tú te escondes para tomar una aspirina?”

Evidentemente sé que hay personas aprensivas con las agujas y lamento haberles molestado.

¿Por qué hablo ahora de este objeto? Este fin de semana me tocó cerrar esa larga etapa de su uso. Mi endocrino me ha planteado un cambio radical en mi insulinoterapia y, como ya imaginaba desde hace tiempo, los viales y las jeringas deben ceder su lugar a las modernas plumas de insulina. El viejo dinosaurio diabético debe modernizarse y utilizar estos nuevos recursos (no tan nuevos, ya las usé en sus primeras versiones de los años 90).

Este sábado no pude evitar quedarme mirando mi cajita de corcho. Con las aristas redondeadas y la superficie suave al tacto por los años de uso. Con algunas heridas de guerra, como las marcas de aquel gato casero que jugó con ella hace tanto. Son muchos recuerdos y vivencias que quedan guardadas con esa tapa corredera que todos los días se abría. Miremos a la nueva etapa.