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¿Cómo será el mundo en el año 2000?

Aprovecho que me han regalado un libro electrónico para leer algunas obras que siempre me llamaron la atención pero nunca leí por una u otra razón.

Edward Bellamy
Edward Bellamy

Una de ellas es “En el año 2000” (Backwards 2000) de Edward Bellamy. Se trata de una peculiar obra escrita en 1887 desde una ideología socialista del siglo XIX. Su factura la coloca dentro del género de la ciencia ficción, aunque más correctamente sería proto-ciencia ficción, una pieza de narrativa utópica que presenta ya algunas características del género.

La historia es simple y no nos resulta novedosa: un hombre de 1887 se acuesta y por un accidente permanece dormido hasta el año 2000. Lo que nos presenta es la narración de su experiencia al conocer lo que para él es un nuevo mundo.

Esta obra conoció numerosas ediciones, muestra de su éxito en la época, aunque hoy en día ha quedado relegada a curioso capricho de bibliófilo y resulta desconocida para la mayoría de la gente.

Con su mezcla de utopía y fantasía se convirtió en un referente para otros autores, en unos casos como ejemplo para difundir la ideología socialista, en otros para encauzar la imaginación más increíble.

El uso de la ciencia ficción, entendiendo como tal un género que va más allá de historias de naves espaciales, como herramienta para la difusión de sus ideologías ha dado lugar a abundantes obra, como es el caso de de H. G. Wells, y también ha sido recurso para autores españoles como Mella, Urales, Ocaña, Martínez Rico y otros desde una ideología de izquierdas, o Nilo María Fabra, desde una postura conservadora.

La obra de Bellamy resulta narrativamente entretenida, lo que explica en parte su éxito, y plena de ideas sociales avanzadas para sus contemporáneos.

Vista desde el 2011, pasado ya ese umbral temporal marcado por el autor, afloran detalles que llegan a ser graciosos.

Una sociedad avanzada socialmente hasta alcanzar una fraternidad humana sin límites, que ha logrado desterrar los males del pasado merced a un cambio moral que coloca la valoración del trabajo y el bien común como máximos referentes de cada uno. Altura moral que no llegó a conseguirse en los países que adoptaron el socialismo como guía.

Frente a esto vemos una sociedad que no ha roto con elementos del pasado. Bellamy considera que la bondad que emana de la consecución del bien común es capaz de dulcificarlas. Vemos así como las mujeres no son consideradas en igualdad a los hombres, su situación ha mejorado, pero se rigen por valores propios, de manera que buscan su matrimonio o participan en el conjunto laboral que mantiene al país como individuos a proteger.

Si la evolución humana en valores presentada resulta sorprendente y envidiable, la evolución tecnológica nos hace sonreír. El autor toma algunos inventos de su época y se apoya en ellos para mostrarnos cómo ha evolucionado evolucionado el mundo. Esas gentes del futuro disfrutan, por ejemplo, de varios “canales” de música en sus hogares, que les llegan a través del teléfono, el maravilloso mundo del cable de cobre. También vemos cómo la neumática está presente en la obra, esa tecnología que permitiría facilitar el intercambio de objetos entre lugares y que para nosotros ha quedado relegado a las líneas de cajas de los hiper-mercados, a la imaginación de Terry Gilliam en Brazil y a los tubos de transporte de Futurama.

Tampoco es la intención de Bellamy plasmar en su narración grandes avances tecnológicos, lo que no impide leerla como obra de anticipación.

No dudo en recomendar la lectura de este libro, teniendo presentes tanto su antigüedad como su inocencia ideológica.

Visión del año 2000 desde 1910 por Villemard

El primer eslogan publicitario en la prensa española

Ordenando papeles ando y me he reencontrado con el facsimil del primer periódico diario editado en España: “Diario noticioso, curioso-erudito y comercial público, y económico

Cabecera del diario

Resulta interesante leer, desde nuestra visión actual, las cuatro páginas de aquella primitiva publicación. No deja de ser una recopilación de anotaciones y breves que hasta ese momento se difundían de boca en boca por los habitantes de la villa y corte.

Inicia su larga andadura el 1 de febrero de 1758 de manos del alcañizano Francisco Mariano Nipho y Cagigal, trasmutando con los años su cabecera hasta la de “Diario Oficial de Avisos de Madrid“, con la que desaparecerá en 1918.

En la última página aparece un anuncio de carácter comercial del que destaca una frase, cercana al concepto publicitario actual de eslogan. Quien anuncia sus mercaderías es un sastre ubicado en el centro de Madrid y lo hace, con un notable sentido del humor, uniendo un refrán popular a su dirección :Imagen detallada del anuncio.

El que no esté acostumbrado a bragas,
y quiera que las costuras no le hagan llagas,
acuda a la calle de la Montera…

¿La publicidad ha cambiado en estos 252 años?

Si no hubiera esclavos no habría tiranos

Portada del Libro
Antología de textos históricos realizada por Juan Francisco Fuentes.

A raíz de los dimes y diretes que pude escuchar la pasada semana a consecuencia de la convocatoria de huelga, me vino a la cabeza una de mis frases históricas favoritas “Si no hubiera esclavos no habría tiranos.” Se trata de una frase que bien puede aplicarse a nuestra actualidad, a pesar de tener casi 200 años a sus espaldas.

Aparece en un artículo escrito en 1814 al calor de la reacción de Fernando VII contra la constitución de Cádiz a su regreso a España. Miguel Cabrera de Nevares, su autor, exhorta a la gente a oponerse a la involución absolutista, ya que si hay sometimiento los logros se perderán.

Actualmente se alzan muchas y variadas voces protestando ante los problemas económicos que nos acucian. Pero, como costumbre inveterada que es, en primer lugar nos enzarzamos en críticas hacia quienes opinan en las formas de manera diferente, aunque su fondo será el mismo con seguridad.

Desde el día en que escuché esta frase me encandiló y con el paso del tiempo he sido consciente de lo acertada que resulta. Somos esclavos de muchas cosas: opiniones, ideologías, necesidades, flaquezas… y con demasiada frecuencia esa esclavitud nos pone en las manos interesadas de quienes quieren manejarnos a su antojo.

¿No habrá llegado el día de romper todas nuestras cadenas y enfrentarnos a nuestros tiranos?

¿Que harías tú en un ataque preventivo de la URSS?

La semana pasada pasaron ante mí dos lecturas que refrescaron en mi memoria diversos recuerdos. Una era la noticia del renovado acuerdo de reducción de armamento nuclear que han firmado Estados Unidos y Rusia. La otra era una noticia de hace 32 años, recuperada en Finding Dulcinea, en la que se relataba como el entonces presidente estadounidense Carter había paralizado el desarrollo de un nuevo tipo de arma nuclear: la bomba de neutrones.

Quienes nacimos en los años 70 sufrimos en nuestra infancia los últimos coletazos de la Guerra Fría, el enfrentamiento mundial entre los dos bloques en el que nuestro país sacó la bolita de estar de telón de acero hacia aquí, en lugar de estar de telón de acero hacia allí.

En la primera mitad de los 80 se revivieron las tensiones entre las superpotencias, que dieron lugar a que se hablara de bombas nucleares, guerras de baja intensidad, guerra de las galaxias, ataques preventivos, misiles balísticos, Pershing II, SS-20

Está claro que en España no se llegó al nivel de paranoia existente en los EEUU, pero en aquellos días el “miedo a la bomba” era un tema frecuente que nos calaba a todos sin hacer distinciones. La idea de que cada ciudad tenía su cabeza nuclear enemiga asignada era general y llegó a convertirse en un elemento cultural más, de manera que no es de extrañar que triunfara la tonadilla que da nombre a  este post.

Recuerdo que en aquellos tiempos tuvo gran difusión una historia ilustrada que se llamaba “Cuando el viento sopla” de Raymond Brigss. En ella asistíamos al final de una inocente pareja de ancianos en una Inglaterra recién bombardeada con cabezas nucleares. Los niños recibíamos así nuestra dosis de realidad sobre el tema. Tal fue el éxito de la historia que hubo una adaptación cinematográfica.

En las películas la “bomba” también aparecía una y otra vez. Las filas se formaban ante los cines para comprobar de manera detallada o bien el triste destino que nos aguardaba tras el lanzamiento de los misiles, como se demostraba en “El día después“, o el salvajismo renacido entre aquellos pocos afortunados que no hubieran dispuesto de una cabeza nuclear para desaparecer de la faz de la Tierra, como nos relataba “Mad Max“. Que no llegáramos a la confrontación nuclear no implicaba salvarse, ya que la invasión soviética sería cruel y terrible, así lo atestiguaban Patrick Swayze (en “Amanecer rojo“) y Kris Kristofferson (en “Amerika“).

La llegada del gobernador de California, antiguo actor de Hollywood, a la presidencia de los EEUU (no, no estoy hablando de Arnold, sino de Ronald Reagan) marcó este recrudecimiento de la Guerra Fría, aunque no fue el único de los factores que lo alimentó. De su mano llegaron todos los instrumentos de destrucción masiva mencionados antes. La carrera de las bombas atómicas para lograr una mayor capacidad destructiva tenía su reflejo en la prensa, más megatones por cabeza nuclear y más cabezas nucleares por misil, y alcanzó su cénit con la bomba de neutrones: el arma que eliminaba a los seres vivos y respetaba los edificios. Siempre recordaré un terrible reportaje en el Heraldo de Aragón en el que se descubrían los efectos de una detonada en la plaza de San Francisco y extendiendo diferentes maneras de morir en círculos concéntricos desde ella.

Afortunadamente todo esto no nos impidió crecer y disfrutar de nuestra infancia. Además se abrieron claros entre las nubes de la tormenta nuclear gracias a los acuerdos entre ambas potencias. Hoy en día ya no tenemos ese miedo a la destrucción total sobre nuestras cabezas, aunque los problemas por las armas atómicas sigan presentes.

Post Scriptum: No puedo evitar hacer referencia a un curioso recopilatorio musical que conocí hace un tiempo: ATOMIC PLATTERS: Cold War Music from the Golden Age of Homeland Security. Se trata de una extensa colección de canciones estadounidenses creadas a la luz de la Guerra Fría y que muestran una mezcla de trivialización y adoctrinamiento al respecto que, vista desde nuestros días, nos hace esbozar una sonrisa.

Lope de Aguirre: traidor, asesino, vasco

Años después de haber acabado la carrera de Geografía e Historia, todavía me vuelve a la cabeza una de las asignaturas cursadas. Lo que debía ser Historia de América se convertía en un claro ejemplo de cómo no nos gustaba que se orientase una materia. Aunque éramos estudiantes bisoños y la asignatura no dejaba de ser una “maría” con la que rellenar el currículum, las salpicaduras ideológicas de un pasado no tan lejano nos hacían saltar en nuestras sillas.

Entre los puntos en los que pivotaba la concepción de la asignatura destacaban dos: la falsedad sobre la “conquista” de América, esa eterna “Leyenda Negra Española“, y el valor de los conquistadores españoles que arribaron a aquellas tierras.

Sobre la “Leyenda Negra” la cuestión era clara: los españoles no aniquilaron a los indios por la simple razón de que estos eran muy pocos. América era un inmenso territorio despoblado. Pero esta era una teoría que se deshacía unas lecciones más adelante cuando eran necesarios ingentes ejércitos indígenas que se enfrentaran a los conquistadores y les permitieran dar lugar a su épica tarea.

Los conquistadores, evidentemente, eran la parte fundamental de la historia del continente. Para nada interesaban los hechos y civilizaciones anteriores a su llegada, meras piezas de decorado de la conquista. La verdadera esencia de la historia de América eran unos protagonistas rudos, que durante el día conquistaban tierras y riquezas que perdían durante la noche con los naipes en la mano.

Retrato de Lope de Aguirre
Retrato de Lope de Aguirre

Todos los conquistadores eran de espíritu noble excepto uno. Cuando una de las clases empezó con la frase: “Lope de Aguirre, traidor, asesino, vasco”, nuestra sorpresa fue mayúscula. Aquella lección le presentaba más como un “jarraitxu” que recorrió el Amazonas quemando poblados como si fueran contenedores, que como el curioso personaje que fue. Para nuestro profesor Aguirre era un traidor a España, un traidor a su rey que recibió el justo castigo a su crimen de “lesa majestad“. Para nada se trató en esa hora las ideas planteadas en la Carta de Lope de Aguirre al Rey Felipe II. El rechazo al rey se materializa al dejar de reconocerle como tal. Más adelante se contradice al usar una idea frecuente en las quejas sociales de la Edad Moderna: el buen rey engañado por sus malos consejeros. Tampoco se trató la razón que dio origen a su expedición en busca de El Dorado: expulsar de Perú a todos los indeseables que podían enturbiar la tranquilidad social lograda.

Nada de aquello se trató y si algo me quedó claro ese día es que a menudo el análisis del pasado queda enturbiado por la perspectiva actual del historiador.