Ya florecen los campamentos

Se va terminando esta fría primavera y conforme suben las temperaturas empiezan a florecer las inscripciones tempranas a campamentos. Los equipos de monitores se desperezan mientras buscan un lugar adecuado para la próxima cosecha. Se tiene en mente la siega del verano pasado y la intensa faena que espera hasta llegar a la de este año.

Un buen amigo en la entrada al monasterio de Veruela.
Un buen amigo en la entrada al monasterio de Veruela.

Cuando miro hacia atrás para recordar mi primer campamento tengo que rebobinar treinta años hasta llegar junto a aquel chaval que entraba con su mochila bajo el arco del monasterio de Veruela. En esa rápida vuelta atrás me he visto muchas veces con pantalones cortos, tanto de acampado como de monitor. Y no me he visto solo, he tenido la suerte de ver junto a mí a muchas caras conocidas a quienes puedo llamar amigos.

Muchos momentos han pasado con ellos; muy buenos la mayoría de ellos y que han conformado mi manera de ser. Esos días juntos, en los que aprendimos lo bueno y lo malo, que de todo hay que saber para poder aprender de los errores. La suerte de participar como acampado y divertirme, trabajar como monitor y divertirme.

Haber estado a los dos lados del campamento es algo que me ha permitido devolver lo que recibí en su momento. No fue suficiente, ya que además me llevó a implicarme en el tejido asociativo para poder reivindicar lo que necesitamos y así mejorar nuestra situación en el día a día.

Quienes hemos compartido esta experiencia tenemos cosas en común que nos unen a través de los años. Como es normal vas perdiendo el contacto con unos y otros, cosas de la vida, pero el pasado noviembre entré en un grupo de whatsapp de antiguos acampados y ésa relación reverdeció totalmente.

Seguro que pensaréis que esto no es tan diferente a las viejas amistades del colegio o la mili, con una identidad de grupo marcada por un momento común. Sin embargo veo con orgullo como aquellos niños que fuimos se han convertido en adultos dispuestos a ayudar, devolviendo la información y la ayuda que recibimos entonces.

Cómo no recomendar a los niños de hoy repetir esa experiencia. Unos días en los que comprobar que tener diabetes no coarta tus capacidades, que otros ya vivieron las mismas dudas que tú y descubrieron que eran nada cuando te enfrentas a ellas. Unos días de diversión y formación, no sólo como diabéticos, también como personas.

Foto de grupo en Villanúa.
Un clásico de nuestros veranos: la foto en las escaleras de Villanúa.