¿Que harías tú en un ataque preventivo de la URSS?

La semana pasada pasaron ante mí dos lecturas que refrescaron en mi memoria diversos recuerdos. Una era la noticia del renovado acuerdo de reducción de armamento nuclear que han firmado Estados Unidos y Rusia. La otra era una noticia de hace 32 años, recuperada en Finding Dulcinea, en la que se relataba como el entonces presidente estadounidense Carter había paralizado el desarrollo de un nuevo tipo de arma nuclear: la bomba de neutrones.

Quienes nacimos en los años 70 sufrimos en nuestra infancia los últimos coletazos de la Guerra Fría, el enfrentamiento mundial entre los dos bloques en el que nuestro país sacó la bolita de estar de telón de acero hacia aquí, en lugar de estar de telón de acero hacia allí.

En la primera mitad de los 80 se revivieron las tensiones entre las superpotencias, que dieron lugar a que se hablara de bombas nucleares, guerras de baja intensidad, guerra de las galaxias, ataques preventivos, misiles balísticos, Pershing II, SS-20

Está claro que en España no se llegó al nivel de paranoia existente en los EEUU, pero en aquellos días el “miedo a la bomba” era un tema frecuente que nos calaba a todos sin hacer distinciones. La idea de que cada ciudad tenía su cabeza nuclear enemiga asignada era general y llegó a convertirse en un elemento cultural más, de manera que no es de extrañar que triunfara la tonadilla que da nombre a  este post.

Recuerdo que en aquellos tiempos tuvo gran difusión una historia ilustrada que se llamaba “Cuando el viento sopla” de Raymond Brigss. En ella asistíamos al final de una inocente pareja de ancianos en una Inglaterra recién bombardeada con cabezas nucleares. Los niños recibíamos así nuestra dosis de realidad sobre el tema. Tal fue el éxito de la historia que hubo una adaptación cinematográfica.

En las películas la “bomba” también aparecía una y otra vez. Las filas se formaban ante los cines para comprobar de manera detallada o bien el triste destino que nos aguardaba tras el lanzamiento de los misiles, como se demostraba en “El día después“, o el salvajismo renacido entre aquellos pocos afortunados que no hubieran dispuesto de una cabeza nuclear para desaparecer de la faz de la Tierra, como nos relataba “Mad Max“. Que no llegáramos a la confrontación nuclear no implicaba salvarse, ya que la invasión soviética sería cruel y terrible, así lo atestiguaban Patrick Swayze (en “Amanecer rojo“) y Kris Kristofferson (en “Amerika“).

La llegada del gobernador de California, antiguo actor de Hollywood, a la presidencia de los EEUU (no, no estoy hablando de Arnold, sino de Ronald Reagan) marcó este recrudecimiento de la Guerra Fría, aunque no fue el único de los factores que lo alimentó. De su mano llegaron todos los instrumentos de destrucción masiva mencionados antes. La carrera de las bombas atómicas para lograr una mayor capacidad destructiva tenía su reflejo en la prensa, más megatones por cabeza nuclear y más cabezas nucleares por misil, y alcanzó su cénit con la bomba de neutrones: el arma que eliminaba a los seres vivos y respetaba los edificios. Siempre recordaré un terrible reportaje en el Heraldo de Aragón en el que se descubrían los efectos de una detonada en la plaza de San Francisco y extendiendo diferentes maneras de morir en círculos concéntricos desde ella.

Afortunadamente todo esto no nos impidió crecer y disfrutar de nuestra infancia. Además se abrieron claros entre las nubes de la tormenta nuclear gracias a los acuerdos entre ambas potencias. Hoy en día ya no tenemos ese miedo a la destrucción total sobre nuestras cabezas, aunque los problemas por las armas atómicas sigan presentes.

Post Scriptum: No puedo evitar hacer referencia a un curioso recopilatorio musical que conocí hace un tiempo: ATOMIC PLATTERS: Cold War Music from the Golden Age of Homeland Security. Se trata de una extensa colección de canciones estadounidenses creadas a la luz de la Guerra Fría y que muestran una mezcla de trivialización y adoctrinamiento al respecto que, vista desde nuestros días, nos hace esbozar una sonrisa.

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