Mi cajita de corcho

Si hay un objeto por el que puedan identificarme todos aquellos que me conocen en persona es por una pequeña cajita de corcho que lleva años acompañándome y que guarda en su interior algo que necesito a diario y que ha marcado mi vida.

En esta caja me acompañaban cada día mi insulina y sus jeringas.

Desde que debuté con 12 años tuve claro que la diabetes no me limitaría, que no representaría un impedimento en mi vida. Con esta pequeña caja tuve la oportunidad de llevar conmigo aquello que necesitaba desde esas navidades.

Tuve la suerte de encontrar a personas que también eran diabéticas y que compartieron conmigo sus experiencias, demostrándome que aquella nueva situación no implicaba un freno sino la puerta a nuevas experiencias.

Mi caja me ha acompañado a clase, de viaje, en mis diferentes trabajos. Ha llamado la atención de muchas personas con las que me he relacionado. Los hay que han llegado a pensar que era un dominó (“Lo tuyo por el dominó es vicio,chaval”). En muchos casos me ha permitido iniciar una conversación sobre lo que es (y lo que no es) la diabetes, aprovechando la eterna curiosidad que todos tenemos.

Debo reconocer que con esa caja he realizado un continuado acto de exhibicionismo, lo que en la época en la que trabajé como educador en diabetes denominábamos “activismo diabético”. En aquellos tiempos esta enfermedad se veía como algo a ocultar, lo que se reforzaba con la condición de no tener ningún tipo de señal externa de padecerla. Para los miembros de nuestro equipo de trabajo inyectarnos nuestra insulina de manera pública y visible no dejaba de ser una reivindicación. Cuando alguien nos decía que por qué no lo hacíamos en un baño o en otro lugar recogido la contestación era clara: “¿Tú te escondes para tomar una aspirina?”

Evidentemente sé que hay personas aprensivas con las agujas y lamento haberles molestado.

¿Por qué hablo ahora de este objeto? Este fin de semana me tocó cerrar esa larga etapa de su uso. Mi endocrino me ha planteado un cambio radical en mi insulinoterapia y, como ya imaginaba desde hace tiempo, los viales y las jeringas deben ceder su lugar a las modernas plumas de insulina. El viejo dinosaurio diabético debe modernizarse y utilizar estos nuevos recursos (no tan nuevos, ya las usé en sus primeras versiones de los años 90).

Este sábado no pude evitar quedarme mirando mi cajita de corcho. Con las aristas redondeadas y la superficie suave al tacto por los años de uso. Con algunas heridas de guerra, como las marcas de aquel gato casero que jugó con ella hace tanto. Son muchos recuerdos y vivencias que quedan guardadas con esa tapa corredera que todos los días se abría. Miremos a la nueva etapa.

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