30 años disfrutando de Les Luthiers

Días atrás asistí a una función del espectáculo de Les Luthiers “Los premios Mastropiero”. Durante la sesión disfruté como loco con sus canciones, sus chistes, su música… y aplaudí con entusiasmo en varios momentos, especialmente al finalizar, como tributo y agradecimiento por el buen rato pasado.

Al volver a casa caí en la cuenta de que hace ya 30 años que conozco a Les Luthiers. Y debo reconocer que caí en sus redes y me convertí en un fan incondicional.

Aquel niño de 7 años miraba con curiosidad a sus hermanos mayores, que noche tras noche grababan cada una de las piezas de los argentinos emitidas por Coralí, la locutora del Canal 2 de Radio Zaragoza. Todas ellas se guardaban en una cinta de casete negra y marrón.

Durante mucho tiempo aquella cinta fue un tesoro para mi. La escuchaba a menudo con profundo interés, prestando atención para tratar de adivinar qué ocurría en los momentos en los que no había narración y lo único que se oían eran las risas del público. Tanto se escuchó aquella cinta que la pobre acabó pasando a mejor vida. De vez en cuanto rememoraba algunas de sus historias, olvidando poco a poco los detalles, pero recordando lo esencial. La historia que más volvía a mi memoria era la “serenata mariachi”.

Recuperé mi contacto con la obra de Les Luthiers unos años más tarde de mano de uno de mis profesores. Se trataba de un argentino que nos prestó a varios compañeros copias de los primeros discos del grupo. En aquella época de walkman esos discos se pasearon a menudo por Zaragoza conmigo. Además cobraron una nueva perspectiva ya que nuestro profesor había asistido a sus espectáculos y pude enterarme de lo que sucedía en aquellos tramos de silencio del grupo y risas del público.

Fue en aquella época cuando Les Luthiers acudió por primera vez a Zaragoza. Me dispuse a comprar mi entrada en el Teatro Principal y descubrí que yo no era el único seguidor del grupo: una enorme fila daba la vuelta completa al edificio. Desgraciadamente no conseguí entradas.

De la era de las cintas de casete pasamos a la del CD. Sus discos fueron reeditados y poco a poco fueron engrosando mi colección, ¡y a qué precio!

Hace ya 6 años que conseguí cumplir mi deseo de verles en vivo. La noche de reyes me trajo como regalo asistir a su espectáculo “Todo por que rías” y fue una experiencia intensa y divertida. Tenía claro que estaban mayores, que algunos habían perdido voz con la edad, que en ocasiones sus números repetían esquemas, pero todo eso quedaba eclipsado con una única realidad: estaban allí, en persona, se habían materializado y actuaban delante de mis ojos. Ahora yo era una de esas personas del público cuyas risas quedaron atrapadas en la cinta marrón y negra, ¡y de qué manera reí aquella noche!

Entre este espectáculo y el de la semana pasada he ido consiguiendo copias de sus espectáculos. Al verlos he recordado a aquel niño que trataba de imaginar que sucedía, y he disfrutado con unos artistas en smoking que eran capaces de recrear diversas y diferentes historias. Unos genios que aúnan la música y la descripción de la misma dándole una vuelta,o dos, llegando al paroxismo de la fórmula en el “Vals del segundo”.

De nuevo me entusiasmé al verles en directo en esta ocasión. Pero sobre todo me extasié como un niño cuando apareció en escenario su nuevo instrumento musical: el alambique encantador. Tan emocionante es verlos a ellos como tener tan cerca a sus instrumentos. ¡Daban ganas de pedirle un autógrafo al Bass-pipe a vara!

Les Luthiers son cinco personas y una presencia. Son historias inocentes pero con mucho fondo. Son pasión por la música como manera de comunicar a las personas. Son la muestra de que para hacer música no hay que comprar caros instrumentos, basta con imaginación y ganas de usar los elementos caseros más peregrinos.

A continuación y, fuera de programa…




Mi cajita de corcho

Si hay un objeto por el que puedan identificarme todos aquellos que me conocen en persona es por una pequeña cajita de corcho que lleva años acompañándome y que guarda en su interior algo que necesito a diario y que ha marcado mi vida.

En esta caja me acompañaban cada día mi insulina y sus jeringas.

Desde que debuté con 12 años tuve claro que la diabetes no me limitaría, que no representaría un impedimento en mi vida. Con esta pequeña caja tuve la oportunidad de llevar conmigo aquello que necesitaba desde esas navidades.

Tuve la suerte de encontrar a personas que también eran diabéticas y que compartieron conmigo sus experiencias, demostrándome que aquella nueva situación no implicaba un freno sino la puerta a nuevas experiencias.

Mi caja me ha acompañado a clase, de viaje, en mis diferentes trabajos. Ha llamado la atención de muchas personas con las que me he relacionado. Los hay que han llegado a pensar que era un dominó (“Lo tuyo por el dominó es vicio,chaval”). En muchos casos me ha permitido iniciar una conversación sobre lo que es (y lo que no es) la diabetes, aprovechando la eterna curiosidad que todos tenemos.

Debo reconocer que con esa caja he realizado un continuado acto de exhibicionismo, lo que en la época en la que trabajé como educador en diabetes denominábamos “activismo diabético”. En aquellos tiempos esta enfermedad se veía como algo a ocultar, lo que se reforzaba con la condición de no tener ningún tipo de señal externa de padecerla. Para los miembros de nuestro equipo de trabajo inyectarnos nuestra insulina de manera pública y visible no dejaba de ser una reivindicación. Cuando alguien nos decía que por qué no lo hacíamos en un baño o en otro lugar recogido la contestación era clara: “¿Tú te escondes para tomar una aspirina?”

Evidentemente sé que hay personas aprensivas con las agujas y lamento haberles molestado.

¿Por qué hablo ahora de este objeto? Este fin de semana me tocó cerrar esa larga etapa de su uso. Mi endocrino me ha planteado un cambio radical en mi insulinoterapia y, como ya imaginaba desde hace tiempo, los viales y las jeringas deben ceder su lugar a las modernas plumas de insulina. El viejo dinosaurio diabético debe modernizarse y utilizar estos nuevos recursos (no tan nuevos, ya las usé en sus primeras versiones de los años 90).

Este sábado no pude evitar quedarme mirando mi cajita de corcho. Con las aristas redondeadas y la superficie suave al tacto por los años de uso. Con algunas heridas de guerra, como las marcas de aquel gato casero que jugó con ella hace tanto. Son muchos recuerdos y vivencias que quedan guardadas con esa tapa corredera que todos los días se abría. Miremos a la nueva etapa.