Sucesión numérica

Desde pequeña adoraba los números. Su mente absorbía las cifras y jugaba con ellas y con su dimensión inabarcable.

Recordaba cómo su padre jugueteaba en la tienda, poniendo los cambios sobre el mostrador y mirándola de reojo mientras calculaba mentalmente la cifra en céntimos.
¡Cómo odiaban los clientes a aquel tipo que siempre daba las vueltas en multitud de monedas!

De él heredó la estructura mental para surcar aquel mundo abstracto y la capacidad de disfrutar con él mientras vivían el mundo concreto.

Para ambos fue el día más feliz de sus vidas. Mientras ella defendía su tesis doctoral en la facultad de matemáticas, él se recreaba emocionado con aquellas ideas que creaban un universo en su cabeza.

Fuente de la imagen: WHAT’S ON MY BLACKBOARD?

El ídolo

El ídolo de la tribu era una gran piedra, lisa, negra y brillante, que una inundación dejó visible muchos años atrás, aunque ahora ya nadie recordara aquello.

Cada día los miembros de la tribu acudían a ella para consultar sus dudas. Qué cosecha plantar, cómo mejorar los cuencos, quién tenía la razón en una disputa…

Como buena piedra nunca demostró el menor signo de inteligencia, pero quienes acudían a ella acababan actuando según un criterio que le atribuían.

Todo acabó el día en el que uno de los más jóvenes de la tribu se plantó frente a ella con todas sus preguntas y lo único que encontró fue su propio reflejo en la superficie.

Imagen bajo CC0 Public Domain

Gotas en vena

Miro de reojo la gota que se forma en el extremo de la bolsa de suero.
Gota.
Cada una de ellas, al caer, me aparta de mi enfermedad, me permite avanzar.
Gota.
Pero una tras otra van llenando mi interior de un veneno que acabará con la enfermedad.
Gota.
El precio de curar el mal es depender de una duda que me perseguirá durante meses.
Gota.
Dudas y más dudas. ¿Merece la pena vivir con una eterna sensación de equivocación?
Gota.
Cierro los ojos y trato de no pensar.

Fuente de la imagen: Wikipedia

El ascua

El pequeño homínido estaba terriblemente asustado. La tormenta se había precipitado sobre el barranco en el que vivía. Una brutal composición de fuertes vientos ululantes, columnas de agua que golpeaban las copas de los árboles, truenos que retumbaban entre las paredes verticales y, sobre todo, las agudas agujas de luz de los relámpagos. Estos iluminaban con su fogonazo la destrucción de todo a su alrededor con una luz más clara que la del sol diurno.

A duras penas la familia pudo guarecerse en la pequeña cueva que utilizaban para dormir, todos juntos en un montón, cada vez que la noche paralizaba su ciclo vital. Desde ella el pequeño se sobresaltaba con un espectáculo aterrador que a cada momento sobrecogía más su ánimo.

Mientras la tormenta continuaba su recorrido a través del barranco, golpeando sus costados, alejándose, un último rayo atravesó el gran árbol bajo el que tantas veces había jugado. Un fogonazo acompañado de un golpe seco al impactar contra la madera. Un largo crujido al desgajarse el tronco y chocar las ramas contra el suelo.

Su padre levantó la mirada con interés y de un salto se levantó para correr hacia el fuego en el que se había convertido el viejo árbol. Se agachó, rebuscando algo y volvió junto a ellos.

Depositó con cuidado en el fondo unas pequeñas ascuas candentes. Y trató de avivarlas con algunas hierbas secas que encontró dispersas.

El niño nunca había visto aquello. Su corta memoria no lo recordaba. Pero se sintió atraído por aquella pequeña luz a la que su padre cuidaba con esmero.

Se quedó en cuclillas, mirándola. La luz fue aumentando, reflejada en sus ojos verdes. Poco a poco esa luz que le embelesaba fue creciendo, no sólo en su mirada, también en su primitivo entendimiento, haciéndolo crecer hacia el futuro.

La biosfera diabética

Quienes me conocen bien saben que uno de mis principios personales es la confianza en la fuerza del grupo. Tanto en el ámbito laboral, como en el colegio de mis hijos o en las reivindicaciones sociales, sigo convencido de que es necesaria la unidad de todos, buscando el beneficio del grupo y no el individual. Lo sé, soy un utópico irredento que dejará la faz de la Tierra tras llevarse muchas tortas por parte de la realidad.

Durante mucho tiempo he colaborado con una asociación. Además de la parte reivindicativa realizábamos una tarea informativa, compartiendo conocimiento de manera desinteresada. Esa formación es fundamental para mejorar el día a día del diabético y la ofrecíamos de múltiples maneras.

A combination photo/engraving (photo with backdrop replaced by engraving) of US Army Signal Corps personnel training with Heliograph ca July 1898 while waiting to be sent to Cuba for the Spanish-American War.
By I, Wikimedia user MacChess, personally scanned it, in the USA. I did crop it and clone out a couple of white spots. [Public domain], via Wikimedia Commons
Si miramos más allá de la diabetes vemos que la manera actual de exponer la información está influenciada por las redes sociales, la comunicación breve y rápida y una pasión desmesurada por el lucimiento. El formato de las antiguas “conferencias magistrales” ha mutado en el del evento con sillones (o sin ellos) en el que un orador busca atraernos en unos escasos minutos, lanzando flashes de información que consigan nuestra atención para lograr su difusión mediante el tuit de turno. Todo ello peca de su carácter efímero.

Estos cambios también han llegado a nuestra biosfera diabética. Durante un tiempo la presencia de la diabetes en internet adolecía de poca información, cuando menos en español. Los nuevos medios de comunicación precisaban de un tiempo de aprendizaje y rodaje, tanto para los usuarios como para los comunicadores. Y en ese lapso de tiempo las asociaciones, en general, tardaron en moverse y ofrecer una oferta interesante.

Vimos cómo aparecían diversos proyectos. Unos de manos de un grupo reducido, que pretendía llevar a su área de control al mayor número posible de usuarios, ya que consideraban que las entidades previas a ellos no eran operativas y rechazaban a cualquiera que llegará desde ellas. Su canal era suyo y tú pretendías llevarte a sus acólitos. Con el paso del tiempo estos proyectos se han difuminado o desaparecido.

Por otro lado nos encontrábamos con los “cowboys“. Personajes solitarios que aparecían en el pueblo digital ofreciendo un proyecto interesante, un recurso informativo o una propuesta que animaba a veces a los lugareños a tomar su caballo y su fusil para buscar en grupo el objetivo. En esta categoría destacaron los blogs sobre diabetes, una herramienta fácil de poner en marcha pero que tiene la trampa de ser una carrera de fondo en la que muchos no perseveraron. Todos hemos visto muchos de esos carromatos abandonados por el camino.

Covered Wagon (Baker County, Oregon scenic images)
Gary Halvorson, Oregon State Archives

No deja de ser, todo este proceso, una nueva travesía del desierto, otra más de las que hemos recorrido los diabéticos. En parte es algo necesario para que todos mejoremos y aprendamos. Atrás quedan esas estrellas fugaces, momentáneamente fulgurantes, pero ¿ qué nos encontramos después?

Siempre he creído que lo que permanece es el grupo y en el caso de la diabetes a lo que podemos aferrarnos es al entramado asociativo.

Ya lo decían en “La Bola de Cristal”: “Sólo no puedes, con amigos sí.”. Únicamente unidos y dejando atrás los intereses individuales podremos influir en la mejora de la realidad de la diabetes. Todo lo demás no es más que gastar pólvora en salvas.

P.S. Al revisar el texto para evitar erratas y errores no puedo evitar sentirme como un personaje de Peckinpah, nacido en un tiempo pasado que añoro, pero usando ventajas que el progreso me da. Creo que se me puede recriminar que he cometido algunas de esas acciones que reproché y la primera de ellas es usar este medio para enumerarlas.

Imagen de cabecera:
Washington Crossing the Delaware
Emanuel Leutze 1851